Crecer junto a una mascota

Probablemente sea la habitación en la que más tiempo pasen juntos. Seguramente, si tenemos niños y perros, el cuarto de los primeros acabe por convertirse en el de los segundos en muy poco tiempo. Cuando mi pareja y yo nos mudamos ya teníamos en mente que nuestros niños compartiesen su espacio con un perro. Recuerdo los meses previos, los del embarazo, el ajetreo de buscar y acondicionar todo. En el extrarradio alicantino es relativamente sencillo, pero aun así acondicionar la casa nos llevó nuestro tiempo. Primero tuvimos que vaciar la habitación que sería del niño y dejar todo sin muebles. Después, encontrar buenos  pintores en Alicante, como estos a los que os redirijo por si os interesa,  no fue una cosa demasiado complicada, pero siempre quedan los tira y afloja de los presupuestos, los deseos del cliente (nosotros) que no terminan de encajar con las posibilidades de la empresa. Pintado ya el cuarto, pasamos a amueblar el que sería el cuarto de nuestro hijo. Aunque los primeros meses dormiría con nosotros, empezamos por comprar una pequeña cama en la que dormiría cuando pudiese hacerlo solo. Además, un escritorio, un armario, algunas alfombras y otros detalles que fuimos incorporando al cuarto de Nicolás.

Sin embargo, cuando ya estábamos esperando los últimos meses antes del nacimiento de nuestro primer hijo, llegó a nuestra vida el cachorro, recién nacido en el seno de una familia amiga. Automáticamente  pensamos en que el niño y el cachorro iban a crecer juntos, lo cual seguro que sería una experiencia interesante para Nicolás. Y, según nos dijeron en la clínica veterinaria, también para los perros supone una experiencia favorable a la hora del crecimiento y la sociabilización compartir vida con los niños. Por eso decidimos que el sitio de dormir del perro, la cama, los juguetes y todo tendría que estar en la misma habitación que todo lo del niño. Nos lo habían aconsejado, además, unos amigos que hicieron lo propio con su mascota y su hijo pequeño. El vínculo creado entre ambos, aseguraban, era fantástico, casi fraternal y la alegría que se proporcionaba el uno al otro era incomparable a nada que hubiesen conocido antes.

Los primeros días después de la decisión teníamos ciertas dudas con la adaptabilidad del perro a la habitación, y sobre todo con la adaptación –si es que podíamos llamarlo así– de la habitación al animal. Con esto me refiero a la  posibilidad de que el perro trastocase los planes que teníamos diseñados para el cuarto o que incluso rompiese alguna de nuestras ideas y decoración escogida. Lo primero en lo que reparamos fue en la posibilidad de que el animal subiese sus patas por la zona baja de la pared, que habíamos pintado de un azul muy claro, lo que conllevaría que toda esa zona pudiese terminar con manchas y huellas del perro. Nos planteamos incluso la posibilidad de volver a contratar un equipo de pintores de Alicante o algún servicio de vinilos decorativos que oscureciesen la parte inferior de la pared, pero finalmente decidimos que lo mejor sería probar y ver las consecuencias. Además, un amigo que tiene perro nos comentó la posibilidad de que mediante la educación del animal consiguiésemos paliar el efecto, si es que el perro tenía la intención de jugar con la pared. Lo cierto es que, tras aceptar su consejo, es verdad que el animal, de nombre Kino, sólo lo hizo un par de veces, hasta que vio que cada vez que hacía eso se le regañaba. Por suerte, la empresa de pintura nos había dejado una pequeña botella con el excedente de pintura del color de la habitación y así pudimos solventar el pequeño problema en forma de huellas que habían aparecido de forma irregular en varios puntos de la casa.

Pese a estas pequeñas imperfecciones, la decisión de tener un animal y que comparta espacio con nuestro hijo fue la mejor que pudimos tomar. En seguida que Nicolás empezó a andar, el perro empezó a juguetear de una forma más activa con él. Ahora, cuatro años después, son verdaderos inseparables. La capacidad para la socialización de un niño aumenta cuando disfruta de la compañía de una mascota desde bebé. Fundamentalmente porque aprenden y entienden la presencia del otro, el cariño o la lealtad hacia los demás.

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